
El domingo conocí a un renacuajo. después de cinco minutos, nos hicimos amigos. Me dijo su nombre, me senté a su lado y esperé. Esperé creyendo, como siempre, que pasaría lo esperado, que se convertiría en rana, luego me besaría y como por arte de magia, aparecería mi príncipe azul...
El renacuajo sigue en su charca, y yo conmigo misma y con mi vida.
Conclusión: no beses nunca a un renacuajo, sabe mal.
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