
M nos invitó ayer a comer arroz con bogavante. La otra M y yo, decididas, fuimos al mercado a comprar el crustáceo. Después de debatir, decidimos adquirir el único ejemplar que quedaba. Lo llevamos a casa; la cocinera lo miró, lo pesó y por último le olió el culo. Estaba malo, de echo muerto. Decidió devolverlo a la pescadería.
Y claro, no puedo evitar hacer la comparación. Imagínate: conoces a alguien, lo miras, lo pesas y le hueles el culo; no te gusta y lo devuelves...
M el arroz estaba exquisito, lo único es que en mi han surgido efectos alucinógenos al imaginarme semejante burrada.
1 comentario:
a vegades passa...agafes el llamàntol equivocat, i acaba no olorant bé...
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