
Sin invitación y sin vergüenza me colé en el piso tres de un lujoso hotel de La Rambla. Rodeada de desconocidos que destilaban estilo, que olían a rancio. Gente "guay" en conversaciones semi-interesantes, semi-desnatadas, semi-profundas. Un par de copas para tener las manos ocupadas y mirar con cara de póquer cuando alguien parecía no conocerme, y, sobretodo no soltar el cigarro. Siempre queda bien hacer una calada y soltar el humo lentamente; cuando no tienes nada que decir, cuando lo que te dicen es humo semi-desnatado.